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Un homenaje a los luchadores sociales de todo el mundo E-Mail
por Rubén Kotler en De Igual A Igual

Esta noche estamos de estreno. Presentamos ni más ni menos que un documental sobre los años ’70 en una de las provincias del Noroeste Argentino. Tucumán, tuvo en los años ’70 su propio mayo francés el cual duró un lapso de más de tres años de revueltas populares obrero estudiantiles tanto en la capital provincial como en las ciudades del interior. Después de casi cuatro años de trabajo junto a Diego Heluani conseguimos cumplir un objetivo anhelado. Dar a conocer en sociedad un proyecto que se inició a partir de una charla entre cerveza y cerveza. La propuesta se la hice entonces a Diego, aficionado al cine y quien ya había hecho algunos cortos. Desde mi posición de historiador presentaba un desafío estudiar un tema que me apasionaba, los años ’70.

Fueron cuatro largos años en los que no faltaron la emoción, los golpes, el desafío permanente y el aprendizaje. Se hizo todo a pulmón, remando contra la corriente, pero sabiendo que el objetivo final valía tanto sacrificio: dejar una huella imborrable en la desmemoria del pueblo tucumano de lo que otrora fueron años de lucha, rebeldía y resistencia contra un sistema de opresión. Si en aquellos años se luchaba contra una dictadura que pretendía socavar los frágiles cimientos de las conquistas sociales conseguidas luego de años de sangre y fuego, las consignas de entonces siguen muy vigentes ahora. Los estudiantes se rebelaban contra la dictadura pero también contra el cierre de comedores universitarios, contra la intervención en la democracia universitaria, mientras los trabajadores luchaban por sostener una fuente de trabajo en peligro de extinción a partir del cierre de los ingenios azucareros en 1966, principal motor de la economía provincial. Es esto lo que buscamos reflejar en el documental. Los años en los que la violencia que se ejercía desde arriba era respondida con las armas que tenía el pueblo, un pueblo que no era pasivo a las imposiciones del sistema y que salía a la calle a defender sus derechos. La imagen que la historia oficial quiere dar de aquellos años es de derrota. Con Diego buscamos cambiar la “versión oficial” demostrando que lo que se presenta como una derrota era un triunfo de una alianza social que se enfrentó decidida a lo que se conoció como la dictadura de los monopolios. Es que clase media y trabajadores pelearon en aquellos años palmo a palmo, pudiendo poner en jaque a las fuerzas del régimen en más de una oportunidad. Hablamos que los trabajadores y los estudiantes habían conseguido un alto nivel en la conciencia de clase que les permitía coordinar la lucha contra las imposiciones de la dictadura.

Pero volvamos al documental en si. Al proceso de construcción del relato que podrá verse. Fue difícil y por momentos llegamos a desanimarnos. Pero en paralelo fue descubrir y aprender a hacer cosas que jamás nos hubiéramos planteado. Desde buscar a los entrevistados, casi todos recluidos en el silencio posdictatorial, hasta conseguir un material de archivo desaparecido. Si el documental busca rescatar del olvido la historia tucumana de los años ’70, consigue devolver la voz de los otros: estudiantes y obreros que participaron de aquellas gloriosas jornadas de lucha. Pero también el espectador se encontrará con un material de archivo audiovisual inédito, imprescindible, ubicado en los almacenes de un cazatesoros de Buenos Aires. ¿Y los archivos de la televisión local? Supuestamente desaparecidos en un misterioso incendio. Porque el sistema no solo desaparecía personas, si no toda huella que oliera a pasado, tanto del pasado criminal del sistema como del pasado de resistencia por parte de quienes lo sufrían. Pero allí están: imágenes y relatos, rescatados en armonía para dar a conocer otra versión del pasado reciente, muy diferente a la de la historiografía tradicional y oficial.

Quiero aprovechar estas líneas para dar gracias principalmente a Diego, quien se subió al tren tanto en sentido literal como figurado. Porque al final de este camino quedará en nuestro recuerdo, aquella experiencia de estar subido al techo de una locomotora tomando mate y filmando imágenes únicas. Pero también quedarán en nuestro recuerdo tantas andanzas juntos, como nuestros recorridos por Buenos Aires en búsqueda de los entrevistados, nuestro viaje a Villa Quintero, nuestras duras negociaciones para tomar esas imágenes desde el tren o el desafío de Diego para subirse a un aparato y tomar imágenes aéreas. Quedarán en nuestro recuerdo cada vez que volvamos sobre el documental las horas de trasnoche transcribiendo las entrevistas, dándole vuelta una y otra vez al guión, aprendiendo a hacer un guión, aprendiendo a hacer un documental, aprendiendo a trabajar juntos y aprendiendo uno del otro. Quiero agradecer a Diego por haberme permitido trabajar con él, porque al fin y al cabo cuando alguien se convierte en tu socio te confía más que como amigo, como colega y te entrega gran parte de su tiempo, tiempo compartido de café, mate o vino. Quiero también dar las gracias a nuestros padres, Abraham y Sara, Eduardo y Elsa, para quienes va dedicado el documental, por confiar en lo que hacíamos, por creer en nosotros, por permitirnos seguir en esta aventura sabiendo que el resultado final bien valía la pena, o desconociendo si realmente esto era así. Confiaron en nosotros, porque, seguramente entendieron, que el objetivo final era noble, y debía hacerse. Agradecer a quienes nos ayudaron, imposibles de nombrar aquí, primero porque es una lista interminable de personas y segundo por temor a olvidarme de alguna, pero todos los cercanos que lean estas líneas sabrán reconocerse en ese agradecimiento.

Aquí un ciclo que se cierra y que se cierra de una manera impensada, inesperada, porque hace un año y medio que no estoy en Tucumán. Un año y medio en el que desde la distancia dejé a mi colega solo, en la etapa final del documental, aquella en la que también me hubiera gustado participar. Pero de la que Diego se puso al hombro el trabajo y concluyó un largometraje que sorprenderá a muchos, tanto como me ha sorprendido a mi. Aquí se cierra un ciclo, pero se abre otro. El difícil, pero necesario camino de mostrarlo, de dar a conocer que el documental existe tanto como existió la historia que allí se cuenta. Para que El Tucumanazo no vuelva a caer en el olvido, y para estimular a quienes lo vean a recordar, a estudiar, a leer y entender qué pasó, cómo ha sido posible llegar a este 2007 viviendo en un país donde todas aquellas cuestiones que en los ’70 eran posibles cambiar, hoy parecen una utopía.